Tristeza

T

Los que me conocen saben que soy de “lágrima fácil” y esto lo podrían atestiguar muchas hojas de “El Patufet”, que publicaba los cuentos de Josep María Folch i Torres, que regué abundantemente, hasta lograr abollar sus páginas.

Alguna vez leí algo sobre el “don de lágrimas” y ante el reclamo impaciente de mi madre -una mujer muy recia, a la que vi llorar muy contadas veces- sobre el por qué de mi llanto, contesté muy ufana que “Dios me había dotado con el don de lágrimas”. Su reacción fue instantánea: “el don de lágrimas es una intensa experiencia personal de Dios, que se desborda en abundantes lágrimas y que hace que tengas una paz perdurable y un creciente amor a Dios. Tú…. ¡eres una sensiblera tonta!” Por supuesto, la asistía la razón.

Ante las grandes pérdidas de mi vida, la tristeza se ha apoderado de mi y he llorado ¡mucho! pero siempre he experimentado un trasfondo de paz porque he visto partir a mis seres queridos muy “reconciliados” con nuestra hermana la muerte, serenos al cruzar el umbral. Y se que más pronto que tarde nos reuniremos de nuevo.

Hay situaciones de verdadera tristeza en mi vida y se corresponden al hecho de sentir que había traicionado la confianza que los demás tenían depositada en mi.
De muy pequeña, lloraba amargamente porque les había contestado con ira a mis papás o abuelos, porque no había cumplido un encargo que se me había dado, por notas menos buenas en el colegio… Me sentía muy mal por eso, y me arrepentía profundamente por haber “fallado” a quienes confiaban en mis talentos, en mi responsabilidad.
Una vez le oí comentar a mi tía-abuela Paquita: En esta niña, son más molestos los arrepentimientos que los pecados.
En la adolescencia llegó a mis manos un libro de Georges Chevrot, “Simón Pedro”. Este personaje histórico se convirtió y sigue siendo mi favorito. Lo siento muy humano, muy cercano: hombre rudo, impulsivo, espontáneo, dotado con un gran corazón pero tan falto de valentía que ante el acoso de una criada se atrevió a negar a su Señor…no una…¡tres veces!. Al oír el canto del gallo salió fuera y lloró amargamente su traición (Lc. 22, 69). Las lágrimas unieron a Pedro con el Maestro, de nuevo.
Me identifico con esta tristeza, la entiendo, y cuando llama a la puerta y me invita a entregarme a ella, puedo contestarle con absoluta certeza: gracias, pero ya hice un compromiso con la alegría.

Suena la alarma, alarga el brazo y, con los ojos aún cerrados, la apaga. Abre los ojos y se incorpora, empieza el día. Repite el gesto doscientas cincuenta veces hasta que, un día sin previo aviso, no puede abrir los ojos más.

Sus párpados están tan pesados como si dos piezas de metal descansaran sobre ellos. Con sus manos recorre el contorno de sus ojos, tratando de encontrar alguna señal de lo que está pasando. Su piel y sus pestañas son las mismas de ayer: delgadas, suaves. Retira las manos, las lleva a su pecho, buscando un corazón trepidante.

Respira lentamente, se concentra en abrir los ojos. Imposible. La idea de que está soñando llega a tranquilizarla por instantes: va a salir de su pesadilla con solo proponérselo. El sonido de un mensaje en su teléfono arrastra su tranquilidad: está despierta, esto es real.

No sabe cuántos minutos han pasado desde que intentó abrir los ojos por primera vez. Está a punto de gritar pidiendo ayuda, pero la detiene el temor de que nadie pueda hacer por ella lo que ella misma no pudo resolver. Gritar tiene que ser su último recurso.
Se deja entonces, por unos segundos, absorber por la oscuridad de sus párpados sellados. Donde antes solo había negro, descubre sombras, puntos de colores, líneas discontinuas. Inesperadamente, por minutos, el peso del metal se diluye entre lágrimas y sollozos contenidos por doscientos cincuenta amaneceres. Suavemente sus párpados se alivianan, dejan filtrarse la luz. Abre los ojos por primera vez en meses. Con el filo de su pijama se limpia el rostro, se sienta en su cama, respira profundo, se incorpora. Empieza su vida.

Acerca del las autoras

Gemma Domingo
Gema Arrieta

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